martes, 23 de febrero de 2010

Las apariencias engañan

Un Nero aguardaba la llegada de su amigo en la estación de agasajos de la calle Plotas, la zona mas urbana de la campiña. Mientras tomaba un té de jazmines observaba a cada ser que ingresaba. Un Begonia entró a comprar pilas para su walkman y se dejó tentar por un chocolate. Tenia una envoltura de colores vivaces: rojo, amarillo y tipografía turquesa. El Nero advertía que cada uno de los que entraba a comprar cigarrillos, bebidas o tarjetas de teléfono, terminaba captando alguna golosina, en especial aquélla tan colorida.

Venían en parejas, en grupos de amigos y en familia. Algunos con necesidades específicas, otros sin saber que llevar, pero ninguno podía resistirse a aquellos chocolates, expuestos en forma de pirámide. Él salivaba por la tentación y sentía una borrasca en el estómago. Se levantó del asiento, tomo la golosina y la pagó. Abrió la envoltura y de a poco empezó a comerla. Al probarlo el paladar le quedo pringoso y el maní estaba tan duro que tenía miedo de romperse algún tajante (diente). Dejó el chocolate y se fue escéptico.

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