Un Nero aguardaba la llegada de su amigo en la estación de agasajos de la calle Plotas, la zona mas urbana de la campiña. Mientras tomaba un té de jazmines observaba a cada ser que ingresaba. Un Begonia entró a comprar pilas para su walkman y se dejó tentar por un chocolate. Tenia una envoltura de colores vivaces: rojo, amarillo y tipografía turquesa. El Nero advertía que cada uno de los que entraba a comprar cigarrillos, bebidas o tarjetas de teléfono, terminaba captando alguna golosina, en especial aquélla tan colorida.
Venían en parejas, en grupos de amigos y en familia. Algunos con necesidades específicas, otros sin saber que llevar, pero ninguno podía resistirse a aquellos chocolates, expuestos en forma de pirámide. Él salivaba por la tentación y sentía una borrasca en el estómago. Se levantó del asiento, tomo la golosina y la pagó. Abrió la envoltura y de a poco empezó a comerla. Al probarlo el paladar le quedo pringoso y el maní estaba tan duro que tenía miedo de romperse algún tajante (diente). Dejó el chocolate y se fue escéptico.

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