martes, 23 de febrero de 2010

Los Neros y el funeral

Cuando un nero muere, es una fiesta. Colocan su cuerpo en la niara, aquél lugar donde el difunto reposa durante cuatro días para que su alma se desprenda plenamente de su cuerpo y luego lo queman. Este ritual es porque su neocultura señala que, una vez que el cuerpo se desprende del alma, este pasa a ser una molestia y hasta muchas veces podría resultar peligrosa su presencia. Pasados esos cuatro días ya se puede decir que el nero falleció realmente. Esa noche hacen una fiesta donde comen y toman cuantiosamente, mientras sortean los tajantes del muerto. Las cenizas son colocadas en los mauseleos, unos cofres de madera terciada adornada con flores de jazmín (la flor oficial neroide), dichos cofres se hallan en las entradas de las campiñas que suelen habitar. Cada vez que los neros se desplazan hacia otra sitio, toman el mausoleo que contiene a su ser querido y lo trasladan sin apartarse de ellos. Mientras tanto, las almas de los extintos conviven entre las comunidades, solo que los mortales no los ven. Ellos no creen en la existencia de ningún ser supremo, no profesan religión de ningún tipo. Solo confían en que en pocos años, entre la misma comunidad nacerá el jetsuga, aquél nero que va a salvarlos de sus dolencias, luchando para que las generaciones venideras no tengan que trabajar, y puedan disfrutar de la naturaleza, fumar alcaloides, tomar sus infusiones y observar los matices del arco iris. Para ellos el trabajo es una degradación, que si no se detiene en poco tiempo, va a desencadenar en la extinción de su especie. Por eso no lloran cuando un ser querido muere, al contrario, festejan a lo grande, puesto que las almas no trabajan.

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